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Algunas palabras de mi experiencia en Tanzania

  • 11 nov 2019
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 26 abr 2023

Me llamo Sandra y voy a intentar contarte lo mejor que pueda mi experiencia como voluntaria en la ONG TATU project en el norte de Tanzania. Todos sabemos que expresar con palabras experiencias tan complejas suele dejarse cosas en el tintero, por eso te pido perdón de antemano por todas las palabras mal escogidas y la información imprecisa.


Te aviso también de que no estoy escribiendo con mucha perspectiva, de hecho sigo aquí, posiblemente por ello este texto se antoje algo desordenado y caótico. Sin dejar de ser cierto, necesario o bello.


Para comenzar voy a ponerte en contexto. Vine con una beca de 8 semanas pero decidí quedarme 5 más; fueron 5, no 6 ni 7 por cuestiones del visado. De haber sido libre no sé cuánto me hubiera quedado, pero más seguro. Tristemente inmigración no son los padres y el dinero no crece de los bananeros, quizá en otra vida.


Pero vamos con lo importante: TATU project es una pequeña ONG que trabaja con la gente de una comunidad rural: Msitu wa Tembo. Sus proyectos se desarrollan en el marco de la cooperación al desarrollo y la sostenibilidad. Y, bajo mi punto de vista, le belleza de su existencia es que nacieron para morir. Proponen una estancia máxima de 15 años para luego retirarse y dejar que su trabajo, junto al de tanta gente de la comunidad, florezca tal y como sus propietarios, los habitantes de Msitu, quieran.


Voy a empezar por mi papel. Mi involucración principal es con un grupo de voluntarias de la comunidad que realizan atención domiciliaria a las personas que no pueden desplazarse al centro de salud. Ellos han sido desde el principio quienes más admiración me han despertado. Estamos hablando de personas que no viven en condiciones acomodadas ni especiales respecto al resto de sus vecinos, hablamos de personas que viven en un entorno rural, con una economía de subsistencia. Hablamos de una comunidad calurosa y árida. Y aun así hablamos de gente que otorga su fuerza de trabajo y emocional totalmente gratis por puro corazón y amor a sus vecinos. Si eso no es comunidad y humanidad no se me ocurre nada mejor.


Y en este momento es cuando me tomo la libertad de darte un consejo, seas quien seas: si quieres aprender sobre el sentido de comunidad que nosotros hace tiempo perdimos a cambio de un individualismo enfermo ven a visitar estos lugares.


Herman, uno de los voluntarios realizando un chequeo a un hombre que por razones de edad, enfermedad y precariedad económica no puede acceder al centro de salud.




















Ahora hablemos de una de las cosas que más ha ido cambiando y evolucionando desde que llegué: el sentido del tiempo y de la velocidad. * Redoble de tambores * DAMOS PASO AL “POLE POLE” * Gritos de emoción *. Pole pole en suahili significa algo así como “paso a paso”, “poco a poco”, “despacio”. Mas que una expresión es una forma de hacer. Tal y como yo lo he sentido ocupa un puesto céntrico en su cultura. He de reconocer, que sobre todo al principio, me desesperaba. La falta de planificación, la calma, atacaban a mis nervios acostumbrados a ir a 1000 revoluciones. Sin embargo, he alcanzado a apreciar su valor. El valor de vivir un presente, un aquí y un ahora. El valor de vivir a tiempo, no corriendo. El permitirse parar.


He aquí mi segundo consejo: si hubiera pastillas de “pole pole” muchos de nuestros problemas de salud mental dejarían de serlo. Te invito a probarlo.

He de decir que esta es mi segunda vez en África subsahariana, de hecho, mi segunda vez en el norte de Tanzania. La primera fue hace dos años con otro tipo de ONG. Y ahora puedo decir con orgullo que mis perspectivas y opiniones han evolucionado y crecido muchísimo desde entonces. Gracias a esta experiencia, y a haber venido con la mochila vacía para cargarla de momentos y la mente abierta a cualquier enseñanza, he podido desaprender (lo que es, créeme, realmente valioso).

Y este es el último consejo que te ofrezco: viaja siempre con la mochila vacía y la mente abierta


Rosi y Yona, dos de las voluntarias caminando por la comunidad.































No puedo estar más agradecida de todo lo que aprendido, dentro y fuera del trabajo. De lo bello que he podido apreciar y lo duro que he llegado a comprender. Sigo cambiando, sigo preguntándome sobre las injusticias del mundo, sigo tratando de construir mis opiniones. Sigo queriendo descubrir otras realidades. Sigo aprendiendo como ayudar mejor.


Y es que es necesario verse en el momento de tener que pensar y actuar en un lugar donde se juega con normas diferentes para hacerse consciente de la relatividad de las cosas y del peso de la cultura.


Pero, sobre todo, aun sigo y seguiré soñando con mis utopías, cada vez más ricas y complejas gracias a vivir en lugares como este y trabajar con ONGs como esta. Porque aunque la utopía es solo eso utopía, seguiré recordando las palabras de Eduardo Galeano que una mañana del lunes recitaba aquella maravillosa voluntaria en la oficina:

“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”


Sandra Torquemada Arribas


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